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Domingo, 26 de Marzo de 2017  
 
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Una historia de béisbol jamás contada
Capítulo III

CAPÍTULO 3. La calavera correlona.

Habíamos visto en la aventura anterior, que Armando y sus amigos salieron corriendo por todo el panteón al escuchar los disparos de los guardias de Petróleos Mexicanos. Los chicos corrían en zig zag por entre las tumbas, hasta que llegaron a esconderse detrás de la Capilla grande que llamaban el Osario, y que era a donde iban a parar los restos de los desheredados que partían al otro mundo sin que alguien les pagara un pedazo de tierra donde descansar. Reponiéndose un poco de la carrera y respirando todavía agitadamente, los muchachos empezaron a comentar el susto que se habían llevado al oír los disparos y hasta hubo quien bromeara un poco sobre lo sucedido.

De pronto se hizo el silencio y los chavalos se quedaron patitiesos y con los ojos amenazando con salírseles de sus órbitas, al contemplar una calavera que se movía al ras del piso. Salieron en estampilla como potrillos mesteños con los cabellos erizados por el miedo, pero luego la curiosidad pudo más que el susto y se detuvieron para decidir que podrían hacer, ¿Irse a sus casas y quedarse con la duda? o regresar a investigar el asunto aquel de la calavera correlona.   Armando dijo –entonces vamos a ver qué es–, y los chicos acostumbrados a templar el carácter justamente en situaciones difíciles decidieron regresar a la investigación.

Después de todo traían su pelota vieja de béisbol y su bat que no era otra cosa que un palo escamoteado que alguna carga de leña, al que habían raspado los nudos y a fuerza de uso, todos estaban acostumbrados a manejarlo como si hubiera sido un auténtico Louisville. Cuando llegaron a una distancia bastante prudente de la susodicha calavera, la observaron con detenimiento y estuvieron a punto de salir corriendo de nuevo al verla moverse de nuevo, pero Armando como buen Pitcher, hizo sus movimientos y disparó un perfecto strike, que dio de lleno en la calavera y la volteo poniendo en claro que la causante del movimiento de la calavera, era una rata, que se había quedado atorada entre los huesos del cráneo y que con el pelotazo quedó libre de su prisión. Los chicos estallaron en carcajadas, un poco para liberar el miedo que habían contenido y otro poco por buscar el desquite del susto, le “pegaron” una buena corretiza a la rata, hasta que se perdió entre las tumbas.

Regresaban a sus casas con el ánimo exaltado y comentando la gran aventura de esa tarde, cuando Armando se puso pálido al recordar que ya era la hora de ir por la leche y de no hacerlo, su mamá le pondría una regañada, lo que causaba en él mayor espanto que el que pudiera causarle cualquier calavera. Armando, llego a su casa tomó la olla para la leche y se encaminó al establo que distaba algunas calles de su casa, en el camino levantaba piedrecillas con las que practicaba el control de su brazo poniéndose como meta pegarle a determinada rama de algún árbol o se ejercitaba en correr, mientras imaginaba que se iba al robo de segunda; estos ejercicios sólo los podía hacer en el viaje de ida, ya que al regreso traería la olla bien llenita del blanco líquido y no podría “sangolotearla” demasiado o llegaría con menos leche de la que le encargaron.

El retorno lo ocupaba Armando en ir pensando ¿Cómo pondría el orden al bat al día siguiente? ya que tenía que aprovechar al máximo sus juegos contra los equipos del barrio, para estar preparados para el sábado próximo enfrentarse a los vecinos de Lago Ilopango, que comandados por Pablo El Coyote seguramente se pondrían difíciles. Las apuestas para aquellos juegos iban desde las leves de ayudar a cargar los libros (en esa época en la primaria se les enseñaba a los niños hasta trece materias distintas y por supuesto cada una tenía su respectivo libro). Ese detalle los acostumbraba a leer y como no había televisión más que en algunos círculos económicos, la mayoría de los niños tenían como campo abierto los libros, para dar rienda suelta a su imaginación.

Tan absorto venía Armando en sus pensamientos, sobre las posibilidades de ganarle al equipo del Coyote, que no se fijó que iba pasando exactamente entre la palomilla de "Barrio Viejo" que no eran precisamente sus amigos. Cuando se dio cuenta estaba completamente rodeado por los chicos de aquella cuadra. Normalmente Armando no pasaba por esa esquina, pero resulta que en otra cuadra, había un enorme perro, que siempre le ladraba y lo perseguía, por lo que nuestro amiguito había decidido pasar mejor por Barrio Viejo. –¡Ahora si te va a llevar la tristeza!– fue lo primero que escuchó Armando y luego empezaron las bravatas, Te la vas a tener que sacar conmigo". Eso significaba en buen es pañol que tendría que pelearse contra el que lo retaba.

Le detuvieron la olla de la leche aun que Ustedes no lo crean, la pelea fue solamente entre Armando y el Chimuelo sin que los demás se metieran para nada; y además a puñetazo limpio, en esa época la valentía no las daban las navajas y mucho menos otras armas de capacidad mortal. Armando pensaba "tengo que apúrame a ganarle a éste, o si llego tarde con la leche mi mamá "me pone parejo" y pega más duro que  el Chimuelo. En el momento en que Armando sonaba un derechazo al Chimuelo se le vino una idea a la cabeza, –¡Tiempo!– gritó y levanto las manos para que se detuviera el pleito, yo ya me tengo que ir, ¿Por qué no mejor nos echamos un partido de Béisbol? y el que pierda paga los refrescos. Bueno dijo el Chimuelo pero sin rajarse, lo dejamos para el sábado y lo jugaremos en el Plan Sexenal, y tú consigues el campo. –Bueno– dijo Armando y salió como si fuera a robarse una base, a entregar la leche en su casa.

Luego de hacer la tarea y merendar, salió a comentarles a sus amigos de la cuadra que tendrían que aceptar el reto de los de Barrio Viejo y medir sus diferencias en un campo de Béisbol. En la esquina se reunían los muchachos a contar cuentos, a cantar un rato o cuando les sobraba energía, para jugar a "la roña", mientras los más creciditos se iban a buscar novia. No faltaba el que sabía tocar la guitarra y llegaba, a presumirles que había sacado un nuevo requinto que tocaban "Los Panchos", y al rato era un grupo en vez de un trío el que cantaba en la esquina. Muchas personas mayores que pasaban se quedaban escuchando a los chicos cantar. Por ahí de las nueve de la noche empezaba la desbandada de chamacos, "aquí se rompió una taza y cada quien a su casa". Armando se fue a dormir, pero no lograba conciliar el sueño, todavía tenía una oreja medio dormida del derechazo que le había colocado el Chimuelo, y además estaba pensando en qué orden al bat pondría el sábado contra los de Barrio Viejo, y por si fuera poco, todavía había de conseguir el campo del Plan Sexenal y eso era casi imposible.

Llegó el sábado y los muchachos fueron reuniéndose en la esquina para esperar el camión que los llevaría al campo. Se subieron todos a excepción del Coyote quien ya se había adelantado porque viajaba "de mosca" en los tranvías, y al pasar por Barrio Viejo se subieron los de la pandilla del Chimuelo en el mismo camión. Aunque eran enemigos los chicos empezaron a platicar del Juego que había tirado "Panchillo" Ramírez, de los Diablos Rojos del México, contra los Pericos del Puebla y así el camino se les hizo más corto. Una vez que llegaron al Plan Sexenal, Armando y el Chimuelo se fueron a la Administración del Parque, donde fueron recibidos por una secretaria que parecía más una bruja que la viejita del primer Capítulo y todavía peor, cuando les dijo que no podían utilizar el campo, porque no traían uniformes ni eran un equipo registrado.

Los chicos salieron descorazonados de ver que el hermoso diamante estaba más solo que el panteón y que no podrían jugar ahí aunque estuviera sin usarse. En ese tiempo y gracias a que no tenían televisión ninguno de ellos, los chamacos tenían una inventiva muy despierta y no faltó quien sugiriera ¡vamos a brincamos! y uniendo la acción a la palabra, pronto todos estuvieron dentro del terreno de juego y ¡Playball! Se organizaron los equipos y dio inicio el partido con un umpire de cada lado cuando la tocaba batear a su equipo. Por un lado lanzaba el Chimuelo que ya tiraba rectas de humo y frente a él, Armando con su curva y sus poderosas rectas de tres velocidades; la lenta, la super lenta y la que no llegaba. El duelo estaba en su apogeo y ya habían realizado los chicos un sin fin de buenas jugadas, incluyendo un sensacional clavado del Coyote en la goma para poner fuera al Chimuelo, los de Barrio Viejo se habían ido arriba 1 – 0 con un jonrón del Pantera y la pandilla de Armando había empatado con una cerebral jugada de squezze play.

Se abría la octava entrada cuando Rodrigo el Orinoco que jugaba el jardín derecho salió corriendo hacia adelante para atrapar un elevado y luego de llevarse la pelota no paró de correr mientras les gritaba a los demás "córranle" que ahí vienen los cuidadores con la "chota", efectivamente uno de los cuidadores del campo venía con dos policías, pero mientras le abría la puerta para que entraran al terreno de juego ya los muchachos estaban brincándose la barda para salir corriendo rumbo al Casco de Santo Tomás. Sudorosos y fatigados los chicos se reunieron a descansar y comentar como los "cuícos" les habían hecho los mandados. –Están muy gordos para alcanzarnos, decía el Chimuelo, –Lo malo es que no terminamos el partido– dijo Armando. –¿Ahora cuándo lo podremos terminar?– –Sobre todo–, dijo el Orinoco socarronamente, –¿quién va a pagar los refrescos?. –Bueno– dijeron los de Barrio Viejo –nosotros dimos jonrón y ustedes no–. –Nada– respondió Armando –las carreras cuentan igual por jonrón que de caballito, al fin son carreras–.

El  juego estaba empatado, cuando ya se estaban caldeando los ánimos y aquello parecía que iba a terminar en batalla campal, que llegan unos tipos más grandes de edad que los de las dos pandillas y al ver que traían guantes y un bat cada equipo, vino la pregunta –¿Qué  no se echan un partidito?–. –Juega–. –¿Pero dónde ?–. –Aquí junto al Casco hay un terreno baldío ahí jugamos nosotros–. –Bueno– dijeron Armando y el Chimuelo y mientras se encaminaban al campo fueron planeando entre ambos hacer un equipo revuelto para jugarles a los chavos aquellos que ya se veían más grandes y algunos hasta iban fumando. –¿Lo jugamos de a refrescos?– preguntó el Pantera. –No– respondió el que los dirigía y que dijo llamarse Roberto Bolaños, pero le decían el Bola de años –mejor nos jugamos el bat, al fin ustedes traen dos¬–. ¡En la torre! pensó Armando, éstos nos van a ganar y hasta sin bat nos vamos aquedar, porque el bat que traían los de Barrio Viejo estaba como el barrio. Pero en fin fueron a la tlapalería cercana y compraron un "diez" de cal para pintar el campo. Las bases eran piedras y como home píate se puso una tabla que tenía astillas por todos lados, pero en fin se echó el volado y al combinado Tacuba le tocó de visitante, mientras que al equipo Santa Julia le toco ser home tim.

El encuentro fue reñido, el Chimuelo pitcheando los trajo por la calle de la amargura y por su parte Bola de años era un pitcher con toda la barba. El juego iba empatado a cinco carreras y en la parte alta de la novena entrada a Luis El Marciano, de quien se decía que no le pegaba ni a una calabaza rodando, lo poncharon pero la pelota se le pasó al catcher de Santa Julia. Armando que estaba de coach en tercera le gritó que corriera a primera y Luis aventó el bat y salió como alma que lleva el diablo, lo que no se fijó fue que con el bat le pegó a Armando y mientras todos corrían a ver que le había pasado, Luis llegó hasta la segunda. Vino Armando a batear y tocó de sacrificio para avanzarlo a tercera, desde donde Luis anotó luego en wildpitch. Por si fuera poco Armando subió a la lomita para lanzar la novena entrada, y luego de los rayos que tiraba el Chimuelo, los "algodones" que lanzó Armando hicieron trizas a los de Santa Julia, que no les quedó otra que pagar y lo hicieron con un bat remendado y casi rajado, pero que los chicos apreciaron como si hubiera sido un Louisville. -Dejaremos la revancha para dentro de ocho días- dijeron los de Bola de años -y aquí mismo nos veremos-.

 

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